En un rincón del marco había una tira de fotos de pasaporte de Poppy y su novio, ambos haciendo muecas a la cámara en las tres primeras. Pero en la cuarta se miraban amorosamente a los ojos.
Elizabeth dejó de tararear y tragó saliva. Una vez había conocido aquella mirada.
Siguió contemplando el marco, procurando no recordar aquella época, pero, una vez más, perdió la batalla y se ahogó en el mar de recuerdos que inundó su mente.
Comenzó a sollozar. Quejidos apenas audibles al principio que no tardaron en salirle de la boca como lamentos surgidos de lo más hondo de su corazón. Podía oír su propio dolor. Cada lágrima era una llamada de auxilio que jamás había sido atendida y que ya no contaba con que lo fuera algún día. Y eso la hizo llorar aún más.
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